A punto siempre, del precipicio.
Oliendo muerte a cada paso dado
sin importar el remedio a la irrealidad conformada...
porque la ama,
porque ella inspira
y es la que no le permite morir.
Las hojas envejecen,
se ponen amarillas
y con ellas,
el corazón humano también.
Cada vez más oxidado y corroído y dañado y pervertido.
La muerte huele a vida,
la vida huele a muerte
y ese olor
se traspasa, se aloja en los brazos
y curte bellamente el actuar.
Yendo luego a los ojos,
al alma,
y otorgándole viveza
y dolor
y sufrimiento.