Hay un principio en cada relación humana.
Es un principio en el que sólo habitan expectativas;
curiosidad acerca de lo que reside en el alma,
ganas de adentrarse en una mente ajena, explorarla.
Es un principio solitario de testimonios,
es un vacío que provoca ser llenado con palabras.
Un principio que es totalmente incierto,
acerca de un futuro que sólo la vida conoce.
Un principio solitario que aguarda emociones, brindadas con el corazón;
que aguarda la no decepción, que es difícil de no cometer
simplemente por la no comprensión de que de el otro ser,
poco o nada es lo que se debe esperar.
Nacen dudas, preguntas que se instalan en el ser,
¿será algo fructífero y benéfico al aprendizaje?
¿podré reír, gozar, enseñar, dar y recibir?
Esas cuestiones se las dejo al respirar del todo.
No soy quien para juzgar la aparición de una vida.
Los seres simplemente llegan, llegan a transformar,
junto con la incertidumbre de lo que será una
relación interpersonal, con alguien que acaba de aparecer.
Retomo miradas del pasado y las comparo con las del presente,
no hay medida, no hay parecido en lo absoluto;
lo que existió ya murió y una primavera espera a ser descubierta,
sea cual sea la senda que se habrá de tomar.
Pido que haya falta de equivocación, que falte la exageración
en los actos que aguardan, a la espera de ser realizados.
Pido una senda cordial que se ramificará y se dirigirá
al antojo de la mente por donde considere oportuno.
Hacen falta argumentos para proseguir con éste escrito,
argumentos que quizá, aparezcan con el tiempo;
aquel que se encarga de construir y destruir el caminar,
aquel que hace modificar el sentir, el ver y el entender.